jueves, 18 de agosto de 2016

The secret City

Desde tiempos inmemoriales...

La vestimenta del monje no ha cambiado desde entonces; y los límites de la Ciudad, la estricta milla cuadrada, protegida durante miles de años, antes por el Muro (que hoy es pieza en sus pequeños retazos supervivientes de un deslocalizado y fragmentado museo), y hoy por miles de extraños decretos, actas, constituciones, parlamentos y la esencia misma del Secreto.

El dinero juega un rol preponderante, divino, principal, absoluto, misterioso e incuestionable... como el oro mismo. Cuestionar el poder detrás, el dinero adentro, la imaginaria muralla alrededor o el flujo sexual de los elegidos, es cuestionar nada menos que todo: cuestionar lo que no conocemos: lo que nos mantiene alertas, inermes y niños ante el universo... vivos y humanos.

Existe un flujo de seres bidimensionales, cartas de una baraja global, marcadas para perder y para ganar. Cartas que entran y salen a través de puentes grises (pasión de turistas). Se pasa el río y se llega a este gran Templo-Casino al servicio de un dios inescrutable o sarcástico cuyo pensamiento es desconocido pero que puede ser contemplado (así como un gato absorto e en apariencia indiferente observaría las maniobras de un saltimbanqui).

Este dios de pacotilla que rige al mundo vive en la milla cuadrada y doblepiensa día y noche para beneficio del orden establecido y desde siempre, cuando el Secreto apenas era urdido en la imaginación de primates resentidos de su debilidad.

No es mucho ni poco y los adjetivos son precarios. Doblepensemos: el mundo fue creado absurdo ante los ojos humanos, sólo capaces de autocontemplarse. Todo se trata de mantener el falso equilibrio y los esfuerzos son colosales. Si necesitásemos más fuerza ahí nos auxiliaría el sentido común: redescubriríamos la esclavitud, ese viejo concepto romanesco será industria de seres industriosos, la jerga será respetable y lo ominoso estará en los ojos fallidos de los idealistas de afuera de la City.

La ciudad duerme tranquila mientras nos humanizamos en las calles de Tower Hamlets. Desnudos y con la lengua exquisita y gigante curtida en nuestros bancos repletos del maná de paraísos fiscales.

Estamos marcados y no nos saldremos del mazo, el Secreto se cuela en inasibles bonos, deudas de grandes potencias subyugadas a nuestras cuentas y en nuestra alegría inefable y fecunda, intacta a través de los prósperos milenios.









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