martes, 24 de noviembre de 2015

El aburrimiento es máximo a estas horas del día. Si me quedo en el trabajo es simplemente pensando en aquellas medias horas que tarde o temprano dedicaré a dar curso a mi próximo seminario. El resto del tiempo estoy errante, esclavo de la apariencia, pero tan sólo de eso, me doy la oportunidad de vagar por territorios que me evadan del incierto y a veces encantador infierno en el que paso mis días. Ya no vale la pena compartir con nadie estos escritos que carecen de la espontaneidad o el ímpetu de algunas cosas que han salido de mi espíritu. No obstante, escribir me hace bien, y cada vez que luego de algún titubeo, ida y vuelta o incluso sensación de fracaso obtengo aunque sea algún mínimo resultado me siento liberado de la rutina y el ridículo modo de vida que nos impone la sociedad solapadamente mas bajo el yugo de nuestras propias decisiones.
Podría decirse que se acabaron los momentos de inspiración fortuita, de emoción verbal, de descubrimiento acabado. Ahora son tiempos de espera continua, de englobamiento de ideas de huida, de mantención de lo sobreviviente. Ha sobrevivido mi lengua, ha sobrevivido mi espíritu. Eso es lo único que mantengo vivo al escribir a la nada y sobre nada. Si tan sólo fuera capaz de aceptar dicho destino y sumergirme en el barro de lo informe y del sin sentido, quizás acaso tendría algo que decir al mundo y que éste sintiera que se rescata del mismo tedio que me invade. Pero no. No hay nada de eso, sino una falta de reconocimiento de la materia prima que me construye y que no será cambiada por otra al menos que me alimente durante mucho tiempo de algo distinto. Somos lo que comemos, pues bien, yo como la rutina de una sociedad que no merece ni el castigo ni el elogio, una sociedad que eligió seguir un rumbo trazado por tecnócratas que protegen su obra desde las sombras como alquimistas modernos sobreviviendo simultáneamente a su secreto. Se muestran solapadamente para sobrevivir, pero al mostrarse no tienen más opción que esconder aquello que dicen. Qué contradicción vital ahora veo. Somos obra de demiurgos de cara descubierta pero de hipocresía evidente pero subjetiva y no susceptible de castigo. Cuánto refleja esta metáfora de la sociedad mis propios escritos que quisieran ver la luz escondiendo la precariedad subyacente. La honestidad es un valor que cultivo, pero la desnudez es una condición que me aterra, he ahí mi límite autoimpuesto. Cada vez veo más claro hasta qué punto somos responsables de nuestro destino. Se necesita un grado no determinado (o al menos no conocido por mí) de pureza en todo acto original y en todo conocimiento develado, pero ¿cuán lejos puede llegar la pureza cuando en el desvelo no se descubre nada más que una mueca? Esta contradicción está en la base del conocimiento limitado. La libertad debería ser el paso siguiente, el paso más difícil obviamente, ir más allá de uno mismo. Un cierto grado de inteligencia, de astucia te puede llevar a liberarte del yugo de tus pares. Soy libre de mis pares y en esta libertad veo la más hermosa posibilidad, la de la amistad. En vano me consolaría de algo íntimo saberme libre de dar explicaciones o desconocer el miedo a la sobrevivencia o la aceptación de la sumisión que muchos de mis hermanos sufren. Hoy en día de quién debo saber liberarme no es otro que yo mismo.

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